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¿Qué es esta cosa se denomina adoración? por Dick York (Marzo del 2006) El lenguaje es sumamente importante. Los contratos se redactan con términos muy técnicos con el fin de aplicar un significado preciso a todas las condiciones y conceptos dentro del acuerdo. Las Sagradas Escrituras no son menos precisas. Es importante que el lenguaje de las Escrituras se traduzca de manera fiel afín de conservar el mensaje. Sin embargo, con el paso del tiempo, el lenguaje cambia y las palabras asumen significados nuevos. Esto, desde luego, podría implicar que el significado de determinado vocablo o frase tal como se empleaba hace cien años podría ser totalmente distinto al significado de las mismas palabras hoy día. Una palabra que en inglés se ha evolucionado con respecto a su definición original es “worship” (“adoración”). Al principio, transmitía la idea de reverencia, el inclinarse con humildad ante uno que se percibía como augusto o majestuoso; o rendirle homenaje; humillarse en la presencia de un dios. Si la adoración era colectiva, podía incluir la oración, la alabanza y la exaltación, incluso con música o canto. En todo caso, la adoración tenía el fin de agradar y venerar el objeto del acto; su fin no era el placer o el entretenimiento del adorador. Por tanto, el valor como entretenimiento para el adorador no constituía un factor determinante en cuanto a la ventaja de participación, ni debe ser así hoy día tampoco. El acto de la adoración constituye una ofrenda al Señor, un sacrificio. Se da de forma espontánea y procede de un corazón puro; de otro modo, no es aceptable. Según Proverbios 21:27, “El sacrificio de los impíos es abominación; ¡Cuánto más ofreciéndolo con maldad!” Un reciente catálogo para una librería cristiana anunció, “Himnos populares ejecutados en un estilo de adoración contemporánea por niños para niños. [Nombre de la compañía], culto para niños. La próxima generación de música de [nombre de la compañía] . . . formando un corazón de adoración en cada niño. Cada CD destaca 12 favoritos de la adoración moderna, con 18 canciones de adoración remezcladas, formidables, alegres, que estimularán a los niños a cantar, danzar y alabar. Diez versiones de club danzables de los mayores éxitos de adoración y tres pistas regaladas para divertirse cantando.” Así es cómo se presenta y se promueve el entretenimiento, pero no la adoración. La nueva definición de adoración es “música”. Si bien el culto podrá, en algunos casos, incluir la música, música no define adoración. ¿Tiene algo de malo las canciones y los coritos para niños? ¡En absoluto! Pero ¿eso de verdad equivale a adoración? Podrá ser inspiradora o alentadora, o, tal como se dice en el anuncio, “divertida”, pero ¿es adoración? Recientemente, un comité de “Avivamiento”
comunal envió por correo masivo un folleto que anunciaba su
programa para reuniones especiales. Los grupos de música se
anunciaban de la siguiente forma: “Lunes: Adoración por el equipo de
adoración [nombre del grupo].” Parece claro que “adoración” significa algo bastante distinto hoy día que lo que significaba dicha palabra para aquella mujer que llevó su costosa caja de alabastro llena de ungüento para derramarlo sobre la cabeza de Jesús (Mateo 26:7), o la otra mujer que lavó sus pies con sus lágrimas y los enjugó con sus cabellos (Lucas 7:38). Es probable que nuestros cantos “divertidos” y conciertos contemporáneos habrían parecido imprudentes en el templo donde el profeta Isaías vio a los serafines que daban voces, diciendo “Santo, santo, santo”, que cubrían sus rostros y sus pies con sus alas, para evitar toda ofensa en aquella presencia santa (Isaías 6); o bien, el profeta Habacuc, quien dijo, “Jehová está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra”. Fue durante la adoración que Daniel abrió su ventana hacia Jerusalén y oró a Jehová, ofendiendo al mundo, antes que entretenerlo. La adoración genuina no divide la iglesia. La adoración no es un concierto presentado por músicos populares, que podrían ser cristianos tibios, que ofende a los ancianos y entretiene a los jóvenes. La adoración es para el Señor, y no algo diseñado a complacer la carne. Los que quisieran adorar al Señor deben adorarlo en Espíritu y en verdad. El Espíritu del Señor refresca a todos aquellos que tienen el Espíritu del Señor. La adoración ha sufrido una redefinición moderna. Hoy por hoy, adoración es sinónimo de música. Su nueva finalidad se dirige al público. Se adapta al gusto de cierto segmento de la congregación con miras a provocar determinada emoción, en una atmósfera que favorece la experiencia religiosa: para inducir un ambiente de reverencia dentro del “adorador”. O quizá no sea reverencia sino euforia. Todo eso viene acompañado de una forma de música que actualmente atrae la carne del cristiano así como su semejante mundano. Es un “concierto” para aumentar la atracción de una campaña evangélica dirigida a los inconversos que hemos invitado. Busca, más que nada, agradar a la gente. Esperamos que al Señor le guste también. Uno de los aspectos más ofensivos de la música de adoración moderna para los creyentes mayores, y lo que más atrae a los jóvenes, es el uso de la batería o tambores. Hubo una época en el pasado muy reciente cuando la batería y la guitarra eléctrica nunca se oían en los cultos de las iglesias evangélicas, aunque sí eran aún entonces, los sonidos fundamentales de la música mundana. Muchos años han pasado desde que yo, como joven inconverso, era aficionado de la música mundana. Pero recuerdo que me deleitaba el efecto eufórico de prologados solos de batería por tales ídolos como Gene Krupa o sus imitadores. Nuestras emociones fueron conmovidas y el pulso acelerado. La estimulación era puramente carnal y emocional. Cuando yo, y otros de nuestra época, vinimos a Cristo, aquellas cosas se dejaron atrás; ellas, la estimulación carnal de nuestras emociones carnales, habrían sido contraproducentes. Aquellos sonidos, los cuales a través de un avenimiento mal aconsejado, poco a poco se han introducido subrepticiamente en el repertorio de la iglesia, forman parte de algo que hace mucho tiempo se dejó atrás. Dondequiera que uno viaje por el mundo, el sonido de tambores predomina en el culto pagano. En el culto oriental de Buda, el culto a espíritus de las tribus selváticas de Suramérica, tribus norteamericanas que rinden culto al Gran Espíritu, y los adoradores de demonios de Belice, todos golpean el tambor para comunicarse con sus dioses. Pero semejante práctica brilla por ausencia en la Biblia. No se hace mención alguna de tambores en la adoración a Jehová. Se argumenta que eso es simplemente parte de la cultura moderna, y por tanto, simplemente es cuestión de gusto. Si a la gente le gustan los tambores, porque se va a permitir cualquier aversión contra ellos. Tal vez se deba reconocer que durante muchas generaciones en nuestra cultura, mientras los músicos del mundo golpeaban sus tambores, nunca fue parte de la adoración de la Iglesia, y ni siquiera de su música. ¿Qué ventaja espiritual se ha derivado de la adición de este estimulante carnal y emocional? ¿Por qué la Iglesia ha de guiarse por las preferencias del mundo? Nuestra “música de adoración” aprueba la decadencia del mundo al imitarla. Se ha dicho que la imitación es la forma más pura del cumplido. Imitamos lo que admiramos, y, en realidad, lo que imitamos es lo que adoramos. La razón por la cual muchas iglesias han dividido sus cultos de “adoración” en “tradicional” y “contemporánea” se debe a que la llamada música contemporánea es ofensiva a muchas personas que llevan muchos años en los caminos del Señor. Antes que ver la visión que se ha impuesto a la iglesia como perjudicial a su unidad, celebramos la división como preciado beneficio que tiene el fin de atraer a los inconversos. Pretendemos adorar al Señor con lo que complace la carne. Eso es precisamente lo que hizo Caín, y el Señor rechazó su ofrenda. Obviamente la música tiene su lugar, y la adoración podrá incluirla, pero música no equivale a adoración. La adoración es a menudo silenciosa. Es postrar el corazón ante la imponente santidad del Dios Todopoderoso. En la verdadera adoración, la carne no es entretenida; es quebrantada y humillada ante la majestad de la Omnipotencia. La carne consumida por el fuego en los sacrificios tal como leemos en el Antiguo Testamento era un grato olor para Dios. Él se complace cuando la carne se consume, y no cuando se consiente. No existe tal cosa como adoración contemporánea o adoración tradicional, ni adoración para jóvenes, ni adoración para la gente mayor. Estos términos se aplican únicamente a la música y no a la adoración. La adoración es eterna e inalterable. No se genera mediante ningún programa. Es producto de nuestro reconocimiento de la presencia del Señor. Dentro de la iglesia moderna ha surgido un fenómeno que ha borrado los distintivos de la mayoría de las congregaciones; es un agente homogenizador que se denomina equipo de adoración (o equipo de alabanza). Es producto del Movimiento Carismático y ha cambiado la forma en que muchas congregaciones se portan. La verdadera adoración con frecuencia es interrumpida por la insistencia del equipo de adoración en imponer su agenda con el fin de generar un ambiente deseado. Somos guiados por músicos en vez de por el Espíritu. Bien podemos adorar al Señor con nuestra música, tal como se evidencia en las Sagradas Escrituras. Podemos adorarle con nuestras oraciones y alabanzas. Podemos adorarle con nuestras lágrimas o con nuestros sacrificios. Pero todos éstos constituyen adoración genuina tan sólo cuando viene acompañado de nuestra obediencia. Si bien la música puede controlar nuestro ánimo, no produce la adoración; pero sí la adoración puede producir música. El catálogo de ventas citado anteriormente,
y el aviso para la campaña de “avivamiento”, trataron
la “adoración” y la música como si fueran
sinónimos, así dando la impresión para mucha
gente que al ser entretenida y animada por el conjunto musical, ha
experimentado la adoración. ¿Hay algo más lejos
de la verdad?
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